🔊 AUDIO 1: Evangelio
🔊 AUDIO 2: Reflexión

SÁBADO 27 DE DICIEMBRE DE 2025

FIESTA DE SAN JUAN, APÓSTOL Y EVANGELISTA

«Aquel que ha sido desde el principio, a quien hemos oído, a quien hemos visto con nuestros propios ojos, a quien contemplamos y tocaron nuestras manos: hablamos de la Palabra de Vida.» (1 Jn 1, 1)

PRIMERA LECTURA (1 Jn 1, 1-4): El Testimonio Palpable de la Vida

Hermanos: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo que nuestras manos han tocado acerca de la Palabra de vida—pues la Vida se ha manifestado, y nosotros la hemos visto, damos testimonio y os anunciamos esta Vida eterna, que estaba junto al Padre y que se nos ha manifestado—lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo.

SALMO RESPONSORIAL (Salmo 97, 1-2. 3cd-4. 5-6):

R/. Canten al Señor un canto nuevo, porque ha hecho maravillas.

Canten al Señor un canto nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria. El Señor ha revelado su victoria, ha manifestado su justicia a las naciones.

Se ha acordado de su amor y de su fidelidad a la casa de Israel. Todos los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclamen al Señor, toda la tierra; griten, regocíjense y canten.

Canten al Señor con el arpa, con el arpa y la voz del salmo. Con trompetas y el sonido de la corneta, aclamad al Rey, el Señor.

EVANGELIO (Jn 20, 2-8): Vio y Creyó

El primer día de la semana, María Magdalena corrió y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto.»

Salieron Pedro y el otro discípulo y se encaminaron hacia el sepulcro. Corrían los dos juntos. El otro discípulo corrió más rápido que Pedro y llegó primero al sepulcro. Al inclinarse, vio las vendas en el suelo, pero no entró.

Llegó Simón Pedro detrás de él, entró en el sepulcro y vio también las vendas en el suelo, y el sudario que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó.

El Águila que Contempló y Creyó: La Profundidad del Discípulo Amado

La Fiesta de San Juan, Apóstol y Evangelista

Queridos hermanos en Cristo, hoy, al tercer día de la gran Octava de Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar la figura de San Juan, el Apóstol y Evangelista, el “Discípulo Amado”. Ayer celebramos a Esteban, el mártir de la acción. Anteayer, a los Santos Inocentes, los mártires de la inocencia. Hoy, celebramos a Juan, el apóstol de la contemplación y el testigo de la Palabra encarnada que, a diferencia de los otros dos, murió de vejez, custodiando hasta el final el misterio que se le había confiado.

Juan es una paradoja. Es el joven impetuoso, uno de los ‘hijos del trueno’ (Boanerges), y al mismo tiempo, es el águila mística que se eleva hasta las alturas de la divinidad para iniciar su Evangelio con la frase más profunda jamás escrita: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.»

I. La Necesidad del Testimonio Sensible (La Primera Carta)

La Primera Lectura de hoy, extraída de la primera carta de Juan, es un poderoso manifiesto contra la abstracción y la duda. Juan, el testigo ocular, insiste en la realidad física de la Encarnación. No habla de un espíritu o una idea platónica; habla de una persona que fue tangible:

«Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo que nuestras manos han tocado acerca de la Palabra de vida…» (1 Jn 1, 1).

Esta insistencia en lo sensorial es crucial. En el siglo I, como en el XXI, la tentación de espiritualizar a Cristo hasta despojarlo de su humanidad es persistente. Juan confronta directamente a aquellos que creían que Jesús era solo una aparición divina (Docetismo), recordándonos que el Logos no solo se “reveló”, sino que se “manifestó” en carne y huesa. Pudieron oírlo, verlo y, crucialmente, tocarlo. Juan mismo fue testigo de este toque íntimo, recostado sobre el pecho del Maestro en la Última Cena. Su teología no es especulación; es memoria y experiencia.

Como sacerdotes, y como creyentes, esta lección nos exige arraigar nuestra fe en la historia concreta de Jesús de Nazaret. Nuestra fe no es un cuento de hadas o una filosofía etérea; es el encuentro con Aquel que tiene manos, rostro, y corazón, y que se hace presente físicamente en la Eucaristía. La Encarnación es el garante de la fe. Si el amor de Dios no se hizo palpable, no es verdadero amor.

II. Correr, Ver y Creer (El Evangelio)

El Evangelio nos sitúa en la mañana de Pascua, el evento que da sentido a toda la vida y obra de Juan. Al recibir la noticia de María Magdalena, Pedro y Juan, impulsados por la ansiedad y el amor, corren hacia el sepulcro. En esta carrera, Juan, el más joven, el de la pasión más ardiente, corre más rápido y llega primero.

Este detalle es profundamente simbólico. La juventud y la prontitud de Juan representan la primacía del amor. Es el amor el que nos impulsa a buscar a Cristo resucitado antes que la Ley (representada por Pedro). Juan llega primero, pero en un acto de respeto reverente por la autoridad (y quizá por la tradición o la prudencia), se detiene y no entra. Espera a Pedro.

Cuando Pedro entra, ve las vendas en el suelo. Pero es Juan quien nos ofrece el momento culminante: entró y «vio y creyó» (Jn 20, 8).

¿Qué vio Juan que le hizo creer? No vio a Jesús resucitado; solo vio las vendas. Pero las vendas estaban dispuestas de tal manera, y el sudario de la cabeza estaba enrollado aparte, que indicaba no un robo violento, sino un levantamiento pacífico y ordenado. Era la evidencia de un acto divino, no humano. Un ladrón no se tomaría el tiempo de desenrollar y doblar las sábanas de una momificación apresurada. El vacío ordenado es el gran signo. Juan no necesitó tocar la herida de Jesús, como Tomás. La intuición de la fe, alimentada por el amor que había bebido del pecho del Maestro, le bastó para reconocer el poder de la Resurrección.

Este es el camino que Juan nos marca. No esperar la prueba irrefutable y científica, sino permitir que el amor abra los ojos de la fe ante los signos sutiles de la presencia de Dios en el mundo.

III. La Teología del Amor y la Contemplación

Juan es el patrón de la contemplación profunda. Se le llama el “teólogo”, aquel que se atrevió a bucear en la esencia de Dios y reportar que Dios es Amor (1 Jn 4, 8). Pero su contemplación no es pasividad; es la fuente de su testimonio apasionado. El amor no es solo un sentimiento; es el motor que impulsa la carrera hacia la verdad.

En un mundo saturado de ruido y escepticismo, se nos pide ser discípulos amados. Esto significa estar dispuestos a ‘correr’ con pasión hacia Cristo, pero también estar dispuestos a ‘contemplar’ la evidencia de su poder, aun cuando parezca un simple sudario doblado en una tumba vacía.

¿Dónde encontramos hoy esa evidencia? La encontramos en el silencio de la capilla vacía, donde el Sagrario custodia la Palabra hecha Carne. La encontramos en la caridad discreta y el perdón inesperado. La encontramos en la coherencia de los santos. Estos son los “sudarios doblados” que nos invitan a la fe. El mundo moderno busca que Dios se manifieste con fuegos de artificio; Juan nos enseña que Dios se manifiesta en la paz y en el orden, en el vacío que da paso a la plenitud.

IV. El Fruto de la Experiencia

La razón por la que Juan escribió su Evangelio y sus Cartas era para que nuestro gozo fuera completo. La experiencia que él tuvo de la comunión con el Padre a través del Hijo no era un privilegio exclusivo, sino un regalo para ser compartido. Al insistir en que lo que vio y oyó lo anuncia, Juan nos recuerda que nuestra fe no puede ser una posesión privada. El que ve a Cristo, está obligado a ser testigo.

Hoy, al honrar al Apóstol que se recostó sobre el corazón de Jesús, pidamos esa intimidad que permite la visión profunda de la fe. Que podamos correr con la prontitud del amor, que podamos ver los signos de la Resurrección en nuestro día a día, y que podamos creer con esa fe sencilla y profunda que transforma la realidad. Que el Verbo que se hizo carne para que lo tocáramos, nos llene de Su luz y Su gozo completo. Amén.

Autor

  • Antonio Acuña

    Como cualquier persona, he recorrido caminos llenos de bendiciones, pero también he atravesado momentos muy oscuros y difíciles. Esas pruebas, con la ayuda de Dios, han moldeado mi carácter y me enseñaron que la oración es el refugio más poderoso. Aunque soy Abogado e Ingeniero Técnico de profesión, mi verdadera vocación desde pequeño ha sido la vida espiritual. Hoy dedico mi tiempo a compartir esa fuerza y consuelo que solo se encuentra cerca de Dios Padre.

Como cualquier persona, he recorrido caminos llenos de bendiciones, pero también he atravesado momentos muy oscuros y difíciles. Esas pruebas, con la ayuda de Dios, han moldeado mi carácter y me enseñaron que la oración es el refugio más poderoso. Aunque soy Abogado e Ingeniero Técnico de profesión, mi verdadera vocación desde pequeño ha sido la vida espiritual. Hoy dedico mi tiempo a compartir esa fuerza y consuelo que solo se encuentra cerca de Dios Padre.

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