🎧 Escucha el Evangelio y la Reflexión

Evangelio según San Juan (2, 13-25)

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados.

Y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, con las ovejas y los bueyes; y desparramó las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado».

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora». Entonces intervinieron los judíos y le dijeron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado edificar este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero él hablaba del templo de su cuerpo.

Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos, y no necesitaba que nadie le diera testimonio de hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.


Reflexión de un Servidor de Cristo

En este tercer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta una escena de gran fuerza: Jesús purificando el Templo. Sin embargo, más allá de la estructura física de piedra, el Señor nos revela una verdad profunda: Él mismo es el nuevo y definitivo Templo. Nosotros, como bautizados, somos también templos vivos de Dios.

Este tiempo litúrgico nos invita a preguntarnos: ¿Qué ‘mercaderes’ han invadido nuestro corazón? A veces permitimos que el ruido, el egoísmo o los intereses materiales profanen el espacio sagrado de nuestra alma. Jesús hoy entra con autoridad en nuestra vida no para condenarnos, sino para limpiar nuestro interior y restaurar nuestra relación con el Padre. Dejemos que su Palabra actúe como ese azote que pone orden en nuestro caos interior, para que podamos celebrar la Pascua con un corazón renovado y transparente.

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