🎧 Escucha el Evangelio y la Reflexión

Evangelio según San Lucas (18, 9-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás:

«Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».


Reflexión Espiritual

Queridos hermanos, en este Sábado de la tercera semana de Cuaresma, el Señor nos invita a examinar la verdad de nuestro corazón. La parábola del fariseo y el publicano no es solo un relato antiguo, es un espejo de nuestra vida espiritual actual.

La humildad es la llave que abre el corazón de Dios. El fariseo no fue escuchado no porque fuera un mal hombre —cumplía la ley con rigor— sino porque su oración estaba llena de sí mismo y vacía de Dios. Él no pedía nada, solo se jactaba, convirtiendo su virtud en un pedestal para despreciar a su hermano.

En cambio, el publicano reconoce su verdad: es un pecador necesitado de misericordia. Esa confesión sincera es la que permite que la gracia de Dios actúe. En este camino cuaresmal, recordemos que Dios no busca perfección externa, sino un corazón contrito y humillado. Solo aquel que reconoce su vacío puede ser llenado por la plenitud de Dios.

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