🎧 Escucha el Evangelio y la Reflexión
Evangelio según San Juan (12, 20-33)
En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos. Estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús».
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor. A quien me sirva, el Padre lo honrará».
«Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre».
Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.
Reflexión Espiritual: La Vida que Brota de la Entrega
Queridos hermanos, en este Quinto Domingo de Cuaresma, la liturgia nos sitúa ya en las puertas de la Pasión. El Evangelio de hoy nos presenta una paradoja que es el centro mismo de nuestra fe: la fecundidad de la muerte en Cristo.
Jesús utiliza la imagen sencilla pero poderosa del grano de trigo. Para que la vida estalle en una espiga dorada, la semilla debe romperse, debe desaparecer bajo la tierra. No es un canto a la autodestrucción, sino al amor oblativo. Jesús nos enseña que guardar la vida para uno mismo, por miedo o egoísmo, es la forma más segura de perderla. En cambio, cuando nos entregamos, cuando morimos a nuestro orgullo y a nuestras comodidades por amor a Dios y al prójimo, nuestra vida se multiplica.
Esa «hora» de la que habla Jesús es la Cruz. En ella, la debilidad se convierte en fuerza y la derrota aparente en victoria eterna. Hoy, Jesús nos invita a no tener miedo de nuestras pequeñas «muertes» cotidianas, porque en Su mano, cada sacrificio es una semilla de resurrección.
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