¡Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo! Que la paz del Señor esté con todos ustedes en este hermoso día, **sábado 27 de diciembre de 2025**.
Hoy, en el octavo día de la Octava de Navidad, la Iglesia nos invita a celebrar la Fiesta de **San Juan, Apóstol y Evangelista**, el discípulo amado, aquel que reclinó su cabeza sobre el pecho de nuestro Señor. Es una alegría especial compartir con ustedes la Palabra de Dios en la luz de su testimonio.
Acerquémonos con corazón abierto y mente dispuesta a escuchar lo que el Espíritu Santo nos quiere decir a través de este pasaje evangélico.
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¡Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo!
Que la paz del Señor esté con todos ustedes en este hermoso día, sábado 27 de diciembre de 2025.
Hoy celebramos la Fiesta de San Juan, Apóstol y Evangelista, el discípulo amado.
Acerquémonos con corazón abierto a la Palabra que ilumina nuestros pasos.
Lectura del Santo Evangelio según San Juan (Jn 20, 2-8)
En aquel tiempo, María Magdalena fue corriendo a la casa de Simón Pedro y de aquel otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio los lienzos en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro, siguiéndole, entró en el sepulcro y vio los lienzos en el suelo y el sudario que había cubierto la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Palabra del Señor.
Reflexión
Amados hermanos y hermanas, hoy, mientras aún el aire de Navidad nos envuelve con su dulce esperanza, la Iglesia nos presenta al joven Juan, el apóstol de la caridad, y un momento cumbre de su fe: su encuentro con el sepulcro vacío. Este pasaje no es solo una crónica histórica, sino una profunda catequesis sobre cómo el amor nos prepara para la fe.
Imaginemos la escena: María Magdalena, llena de angustia, trae la noticia de un robo sacrílego. Pedro y Juan, con el corazón apretado, corren. Juan, más joven, corre más rápido y llega primero. Esta prontitud es la del amor. El amor a Cristo nos impulsa a ir de inmediato allí donde sospechamos que Él está, incluso en medio de la confusión o el dolor. Pero Juan, con una humildad y un respeto admirables, espera a Pedro. Reconoce la autoridad y el primado de quien el Señor había puesto como roca de su Iglesia.
Dentro del sepulcro, la escena es desoladora y a la vez reveladora. Los lienzos y el sudario, no revueltos ni arrastrados, sino cuidadosamente doblados y en su lugar. Un ladrón no se tomaría tal molestia. Para el ojo del amor y la mente abierta por la fe, este “desorden ordenado” es la primera señal de algo extraordinario. No es un robo. ¡Es una partida! Es la señal de una vida que ha trascendido los límites de la muerte, dejando atrás sus vestiduras mortales.
Y el Evangelio concluye con esas palabras tan significativas para Juan: «vio y creyó». No necesitó ver al Resucitado en ese momento. La evidencia física, interpretada a través del lente de su profundo amor y su relación íntima con Jesús, fue suficiente para que la fe en la Resurrección brotara en su corazón. Su creencia no fue el resultado de una aparición, sino de una profunda intuición espiritual alimentada por años de discipulado. Juan nos enseña que a veces la fe nos precede al encuentro físico, que el Espíritu Santo nos capacita para ver más allá de lo evidente y comprender los misterios de Dios.
Hermanos, en la vida, a menudo nos encontramos con “sepulcros vacíos” en nuestras experiencias de desilusión, pérdida o incertidumbre. San Juan nos invita a correr hacia ellos con el mismo fervor del amor, a mirar con atención los detalles, y a confiar en que incluso en el aparente caos, Dios puede estar obrando un “orden” misterioso, una señal de su vida y de su poder. Que el testimonio del discípulo amado nos inspire a tener un corazón más abierto, una mirada más penetrante y una fe más profunda para “ver y creer” en el Cristo Resucitado que se manifiesta en cada rincón de nuestra existencia.
Puntos Clave para la Reflexión Personal
- La prontitud del amor: ¿Con qué entusiasmo respondo a la llamada de Cristo, especialmente cuando la situación parece confusa o dolorosa?
- El respeto a la autoridad: ¿Cómo vivo la obediencia y el respeto por los pastores de la Iglesia, siguiendo el ejemplo de San Juan con Pedro?
- Las señales de la fe: ¿Soy capaz de discernir la presencia y la acción de Dios en los “detalles” y el “orden inesperado” de mi vida cotidiana, incluso antes de una manifestación clara?
- Ver y creer: ¿Mi fe es una cuestión de explicaciones lógicas o estoy abierto a “ver y creer” por la intuición espiritual y el amor, como San Juan?
Oración
Oh Dios, Padre de amor, que por medio de San Juan, el Apóstol y Evangelista, nos revelaste los más profundos misterios de tu